
Era una tarde de domingo inusual. Todo el país estaba pendiente del partido de fútbol y yo me escabullí de casa. Hacía tiempo que quería ir a esa playa urbana y codiciada. En una colina, entre las ruinas de no sé qué fábrica, había parejas maduras que apuraban las horas de la tarde; algunas, furtivas, al amparo del fútbol, iniciaban los gestos tantas veces postpuestos. Pero éstos no tenían ninguna selección nacional a la que apoyar y bebían las últimas horas de su día libre, ella volvería seguramente a la casa a cuidar niños o ancianos, y él tendría su horario en un almacén donde cargar pallets. Pero ahora la tarde era suya, y era suyo el mar, que se abría a sus pies, sin dueño que traficara con su inmensidad. Y parecía como si en las paredes ruinosas no hubieran escrito otra cosa que sus tequiero, sus miamor, sus venconmigo. ¿Se sentirán atrapados en la isla, temerosos de hacer planes? ¿O vivirán, como si fueran adolescentes, el tesoro de un amor improbable?
Me retiré despacio pero no pude evitar que mi cámara quisiera recordarlos.