
"El rostro de cuarenta años que veo devolviéndome la mirada me resulta curiosamente maduro y sereno. Las arrugas en ciernes de la mediana edad alrededor de la boca y los ojos parecen haberse suavizado últimamente, y la mandíbula firme trasmite un aire de confianza y resolución.
Miro fijamente a los ojos de mi propio reflejo y por primera vez en mi vida veo a mi media naranja; la única persona de este mundo capaz de darme una vida plena y feliz."
Miro fijamente a los ojos de mi propio reflejo y por primera vez en mi vida veo a mi media naranja; la única persona de este mundo capaz de darme una vida plena y feliz."
Joan Brady, Te amo, no me llames. (Una novela, por otra parte, totalmente prescindible.)
Me hice este autorretrato hace unas semanas, al cumplir 45. Es una edad en la que ya no tengo prisas, no corro detrás de quimeras y disfruto de todo lo que tengo y por lo que me siento agradecida. Posiblemente uno de los momentos más plenos de mi vida. No porque no existan las dificultades, los desengaños, incluso las cicatrices, sino porque confío, tengo esperanza y me conozco mejor.

